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Historias del desorden (Tales of disorder)
Eventos2023-01-24

Historias del desorden (Tales of disorder)  es el título de la muestra comisariada por Cristina Anglada en la Galería Pelaires para la que se han reunido los trabajos de las artistas Mercedes Azpilicueta, Sarah Bechter e Inês Zenha.

Las obras escogidas presentan relatos en los que la imaginación recurre al desorden para trazar una suerte de mundo alternativo en el que la inestabilidad y la proliferación de figuras cuestionan la idea de veracidad o de relato unívoco. El desorden es explorado como una secreción de formas híbridas, fluidas, mezcladas, en continua metamorfosis. El espacio queda poblado por una compilación de fragmentos narrativos que indagan en el deseo de enfrentarnos con las limitaciones del significado en un mundo que nos de manda claridad, orden y eficiencia. Se trata de imágenes que exaltan los sentidos y que parecen existir en un presente expandido, sin regresión ni progreso.

Halberstam, en su libro Wild Things. The Disorder of Desire, se refiere a lo salvaje como espacio epistemológico en el que se da la posibilidad de realizar formulaciones alternativas con las que ejercer resistencia frente a los impulsos e intereses del paradigma de la modernidad. Lo salvaje funciona como ausencia de orden, como fuerza caótica y entrópica de la naturaleza, como aquello que está fuera de toda categorización, como maneras desenfrenadas de estar en el cuerpo o también como aquello que se torna impredecible, desempeñando el rol de prolíficas herramientas con las que volver a imaginar otros modos de explorar la vida, las relaciones, los cuerpos y el deseo más allá de la norma heredada.

La austriaca Sarah Bechter (Viena, 1989) plantea el espacio pictórico como tablero en el que jugar al escondite a través de un proceso continuo en el que vela, borra y añade capas de pintura, construyendo escenas flotantes en las que el antagonismo tradicional entre lo que es visible y lo que no, se subvierte. Sus pinturas muestran la densidad ontológica de los mundos dúctiles, tiernos. En ellas es frecuente ser interpelado por elementos narrativos y de ficción que se nutren de cierta extrañeza, a la vez que articulan una constante ambivalencia de significado con la que hace vibrar la escena. Nos muestra espacios cotidianos en los que las formas y las figuras se entremezclan, creando un espacio representacional donde explorar cómo los afectos se generan a través del tacto en el ámbito doméstico.

Inês Zenha (Lisboa, 1995) es una artista portuguesa afincada en París. A través de la pintura, el dibujo, la instalación y la cerámica despliega preguntas en torno a la representación formal y conceptual de los cuerpos. Zenha parte de los condicionantes culturales y sociales que influyen en cómo experimentamos nuestra propia corporeidad y nuestras relaciones para, por medio de sus obras, tratar de plantar metáforas visuales que germinen en posibles transformaciones sociales.

Sus pasteles de colores intensos plasman escenas íntimas protagonizadas por personajes híbridosdonde plantas y humanos sin género se enredan entre plumas, espinas y colas en un abrazo. En sus representaciones plantea una especie de utopía más allá de los géneros y de la hegemonía de lo humano sobre el resto de especies y propone una fluidez escurridiza. Acude a las plantas como compañeras pero también como modelos. Según describe Emmanuel Coccia en su libro La Vida de las Plantas, la vegetal es la forma paradigmática de estar en el mundo; un modo en el que todo se funde. Las plantas cubren la tierra pero no la dominan ni la conquistan; su modelo es resistente y flexible basado en una arquitectura colaborativa, sin un centro de mando y profundamente adaptativa.

Este patrón que nos brindan las plantas quizás se acerque a otras definiciones del amor que Inês parece esbozar con sus esculturas cerámicas. Una concepción que evoca a los trabajos teóricos en los que bell hooks trató de dar claridad a dicho concepto. Para la teórica y activista era esencial redefinir el término como verbo y acción; como un acto de voluntad en el que la responsabilidad se torna primordial. Y es que si es tuviéramos recordando que el amor es lo que el amor hace, no utilizaríamos la palabra en formas que de valúan y degradan su significado.

En sala también se incluyen varias obras de la serie Bestiario de Lengüitas de la artista argentina Mercedes Azpilicueta (La Plata, 1981). Este proyecto mutante comenzó en 2017 como un guión de una obra de teatro aún por realizar. Ancla sus raíces en el género fantástico, a la vez que se inspira en libros medievales protocientíficos. Rescata, no solo algunas de las primeras teorías ecofeministas, sino también saberes olvidados como la alquimia y el uso de hierbas medicinales naturales, al igual que técnicas artesanales textiles y de teñido. Todo ello es combinado con poesías "neobarrosas", traducciones fallidas, seres fantásticos, brujas, curanderos y leyendas de la Europa medieval y la América prehispánica. En el espacio en contraremos una serie de papeles, en los que podemos apreciar muchos de los personajes de este guion; roles mutantes que parecen jugar al escondite con su propia apariencia entre estados.

También incluimos un tapiz, visible por ambos lados, titulado Potatoes, Riots and Other Imaginaries a través del cual explora tanto los modos invisibles de organización social como la formación de la intimidad y de la solidaridad en la vida cotidiana. Retales que muestran a las mujeres que comenzaron los disturbios de la patata en Ámsterdam (1917) haciendo frente al hambre tras la guerra, junto con las luchas en contra de la violencia sistémica que sufren las mujeres de América Latina (#NiUnaMenos). El resto del textil queda cubierto por escenas donde diversos cuidados son llevados a cabo por enfermeras, amas de casa o empleadas domésticas. Con esta pieza la artista elabora una especie de collage en el que se plantea el valor socioeconómico del trabajo doméstico y la colectividad como una fuerza polifónica para el cambio.

Las tres artistas reunidas se sirven de la imaginación narrada para deshacer y reconstruir mundos. En los trabajos presentados se intuyen escenas donde tantear otros modos de ser, de relacionarse, y de crear comunidad; una convivencia que explora otro concepto de parentesco y pertenencia, tendiendo hacia una idea de hogar más amplia donde la ternura, la interdependencia y el apoyo mutuo se ubiquen en un primer plano. Y es que aflojando los requisitos que han sido necesarios para estar en el mundo, generamos espacio posible para que otros puedan habitarlos (Sarah Ahmed), creando una casa cuyas paredes sean ligeras, flexibles, adaptables al propio devenir y que proponen una manera temblorosa de habitar el mundo, entendiendo el temblor como el resultado de ser afectado por algo/alguien y considerando la fragilidad como algo inherente a nuestra existencia, no tanto como carencia, sino como potencia.

Cristina Anglada