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Ana Laura Aláez
La naturaleza no está de nuestra parte

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El título que he escogido para mi primera exposición individual en la Galería Pelaires es la última frase de un texto mío anterior. Trato de imbricar presente y pasado como se entrelazan en un bloque los cuerpos besándose de Brancusi. Si bien me he apoyado en una especie de mecanismo inconsciente para realizar nuevas piezas, el objetivo que persigo en esta exposición es un diálogo entre esta producción más reciente y otras esculturas presentadas en mi exposición monográfica Todos los conciertos, todas las noches, todo vacío, que corresponden a diferentes momentos de mi trayectoria. Esa desobediencia a conciencia contra la demanda que exige "el trabajo último", no es para nada caprichosa. La suma de todo el conjunto pretende re-interpretar diferentes aspectos simbólicos o desvelar procesos que en su momento permanecieron ocultos.

Se suele decir que la situación más propicia para la creación se da cuando los artistas han estado a punto de perderlo todo y son capaces de transferir algo de ello a la obra. Ese algo que una comparte con un espectador que contempla desde lejos una especie de acto sacrificial. Como si el hecho de reconocimiento de una intensidad en los demás pudiera llegar a pertenecerles y por ello, pudieran apropiárselo y juzgarlo. Quizás la situación de precariedad existencial sea la única garantía de integridad y la que hace factible crear una ficción con material "verdadero". En las grietas entre lo real y lo imaginario, nos invade la duda de si la vida está a la altura del arte, o viceversa. Y ahí, en esos resquicios, entre la propia experiencia y su proyección, se superponen los ejercicios internos: morder el espacio; raspar un recuerdo; cromar símbolos; rubricar un pensamiento; re-interpretar los miedos; adulterar recuerdos; pulir un razonamiento; coronar una convicción; abrir una herida; negociar desacuerdos; sacudir experiencias; responder ocultando; desempolvar lo inadecuado; persistir en lo improbable; magnificar lo inservible; impulsar el deseo; encarnar los afectos; etc., etc.

Por debajo, la naturaleza salvaje siempre está al acecho merodeando, como si su objetivo principal fuera asaltar a su huésped cuando esté desprevenido. Sabe que no le será difícil una vez que haya descubierto su refugio. Todos los intentos por protegerte no evitan que sucumba ante ese animal que te observa y olfatea tan de cerca. Insoportable su mirada frontal. También lo es su bramido desde un lugar que no se reconoce como propio. Ese sonido atroz bien pudiera ser una proyección atávica de algo que nos precede. Entre humano y feroz, no es fácil reconocer quién aúlla desesperadamente: ¿somos nosotros?; ¿qué hacemos aquí?; ¿por qué nuestro cuerpo parece una jaula? Debe ser la bestia que pregunta sin miramientos acerca de aquello que un manto externo camufla: ¿somos débiles porque no nos mostramos como podríamos? O ¿poderosos monstruos que no quieren humillarse? Probablemente la suma de los dos sea el ogro que aspira a tener relaciones distintas con el mundo sin destruir todo lo que toca. En estos tiempos de naufragio ideológico, loba y bambi conviven con más violencia si cabe. Superficies peludas van cubriendo la desnudez de un organismo ya herido por muchas partes, prolongándose en continua metamorfosis.

Reflexionar cómo se ha llegado a finalizar un trabajo supone incluir el impulso vital que ha ayudado al proceso. Es necesario asegurarse que seguirá estando presente. Para ello, una posibilidad será apoyarse en un vínculo con el objeto o con lo que se tenga delante. No tener pudor en alentar una relación física del tipo que sea con esa especie de ente. Las conclusiones formales se quedarán en su segundo plano por comparación con ese alimentar un deseo interno, la energía que está ahí, palpitando a nivel del cuerpo. Es como otra clase de órgano que habrá que preservar para que la pulsión no vaya a desaparecer. Se trata de cuidar todo aquello, por ínfimo que sea, que ayude a no temer bajar a los infiernos y a no preocuparse demasiado por lo que digan los demás.

Pequeños descubrimientos y no grandes metas, son el motor que anima la expresión. Nada de heroicidad, sino más bien todo lo contrario. El trabajo es el resultado de movimientos apenas imperceptibles para huir, aunque sea por breves segundos, del destino de desaparición. Como cuando en la película Medea de Pier Paolo Pasolini, intuyendo —o más bien prediciendo— su porvenir, el centauro Quirón advierte al aún inocente Jasón que no hay nada natural en la naturaleza. Que cuando la naturaleza le parezca natural, todo habrá terminado.

Aunque es mejor no contar con grandes expectativas, no se debería olvidar que es posible una experiencia epifánica a través del arte: proyectarse con rituales psíquicos, y que ese proceso subjetivo se convierta en un ensayo; socavar las ideas rígidas como forma de pensamiento crítico; vivir el instante en el que se descubre algo que provoca un cambio; encontrarse ante una revelación inesperada; ser atravesada por la posibilidad de transformación. Toda esa poética en tangente, sin enunciados, cero viril, que —en principio— carece de funcionalidad y no lleva pancartas, acaricia y golpea.

Ana Laura Aláez, Mallorca, mayo, 2022.

La Galeria Pelaires ha rebut una subvenció del Consell de Mallorca per a la realització d'aquesta exposició.

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Del 9 de junio al 7 de septiembre